¡Padre mío!

Jer 3:19 Yo preguntaba:   ¿Cómo os pondré por hijos,  y os daré la tierra deseable,  la rica heredad de las naciones?  Y dije: Me llamaréis: Padre mío,  y no os apartaréis de en pos de mí.

LBLA – Yo había dicho: “¡Cómo quisiera ponerte entre mis hijos, y darte una tierra deseable, la más hermosa heredad de las naciones!” Y decía: “Padre mío me llamaréis, y no os apartaréis de seguirme.”

N-C – Y yo me pregunté: ¿Cómo voy a contarte entre los hijos y darte una tierra deliciosa, la heredad más preciosa entre las naciones? Y me contestaba: Me llamarás “mi padre” y no te separarás de mí.

Rom 8:14-17 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios,  éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor,  sino que habéis recibido el espíritu de adopción,  por el cual clamamos: ¡Abba,  Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu,  de que somos hijos de Dios. Y si hijos,  también herederos;  herederos de Dios y coherederos con Cristo,  si es que padecemos juntamente con él,  para que juntamente con él seamos glorificados.

Rom 8:29 Porque a los que antes conoció,  también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo,  para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

Sal 2:7 Yo publicaré el decreto;  Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú;  Yo te engendré hoy. Sal 2:8  Pídeme,  y te daré por herencia las naciones,  Y como posesión tuya los confines de la tierra.

He estado meditando sobre el tema de nuestra filiación y en estos días el Señor me ha traído algunos versículos de su Palabra que me impactaron y sumado a esto he visto la necesidad que tenemos de ser hijos. El otro día ministraba a una persona la cual me había pedido en su momento una “clave” para salir de la situación en la cual se encontraba, ante esto el Señor me impresionó con el versículo de Jeremías acerca de ser hijos de Dios, a lo cual pude darle a esta persona la clave que estaba buscando. Sé hijo-le dije-.  En ese momento saltó en mi memoria algunas situaciones que hemos vivido en el ministerio. Me acordé de otras dos personas que hoy no están en la casa y como una de estas personas, en un momento de ministración al hablar del tema de ser hijos, me reconocía cuanto le costaba, que no sabía ser hijo. Preguntémonos, ¿que es ser un hijo? Me impactó Jeremías porque lo dice con sencillez. Reconocer a Dios como Padre y dejarnos guiar. Me acordaba, como decía, de otra situación, de cómo le “rogaba” a otra persona: “déjate guiar, déjate guiar.” Y esta persona me decía: “yo no le voy a dar el sí a todo lo que vos digas, así como lo hacen los alcahuetes que tenés a tu alrededor.” Pensemos, cuanta desconfianza, cuanto orgullo, cuanta dureza, cuanta necesidad de tener el control. Estas personas no sabían ser hijos, dejarse guiar, cubrir. Definitivamente, algunos solo saben ser esclavos, no saben ser hijos, no sabrán ser padres solo señores que esclavizan a otros.

Esto me llevo a preguntarme, ¿sabemos ser hijos? Acaso el evangelio no se trata de ser engendrados por Dios y que lleguemos a una condición de hijos maduros, con la capacidad de heredar todo lo que es de Dios. Romanos 8 dice: predestinados para ser hechos conformes a la imagen de su Hijo. Sin embargo que a nosotros  se nos dificulta ser hijos, tenemos una rebeldía e independencia naturales que nos alejan de nuestro Padre, que nos limita a la hora de tener una relación íntima con él, nos es mas cómodo que él sea nuestro Dios o aún nuestro Señor pero poco nos relacionamos con él como Padre.

El evangelio no incluye simplemente asuntos como la redención, el perdón, la justificación, la reconciliación, la limpieza de pecado y la regeneración. Todos éstos son aspectos de la salvación que Dios nos otorga, pero esta salvación tiene una meta, y dicha meta es la filiación. Esto significa que la redención, el perdón, la justificación, la reconciliación, la limpieza y la regeneración tienen como finalidad el cumplimiento del deseo de Dios, el cual consiste en obtener muchos hijos que sean Su expresión.

A mí me sorprendió Jeremías porque en una forma sencilla se expresa el deseo de Dios de que seamos sus hijos y de heredarnos “la tierra deseable”, “la rica heredad de las naciones”, en este tiempo donde hay muchas mensajes acerca de poseer, aún nosotros en el tiempo que estamos de comprender y crecer en el reino. Necesitamos ver que en el evangelio todo se relaciona con la filiación, con el hecho que “hemos sido engendrados por Dios”, somos sus hijos, lo que él puede y quiere hacer con nosotros nace desde allí. A la luz de Jeremías parece tan sencilla la condición que tenemos por delante para alcanzar la promesa que es hasta paradójico que tantos estén tan alejados de la misma. Concluyo que no tenemos una experiencia profunda de nuestra condición de hijos. Sí lo sabemos, sí lo hemos experimentado, pero peleamos contra una condición natural que nos separa permanentemente de nuestro Padre. Nos vuelve a la independencia, a la rebeldía, a nuestros deseos. Aquí se suscita un “trampa” fatal, algunos sienten que mientras estén “laborando en el propósito” la cosa va bien, sin embargo debemos concluir que mucha de la pobreza que vemos hoy en la iglesia  no se debe a falta de “labradores en el propósito”, sino a que muchos son justamente eso, solamente labradores asalariados, esclavos y nada mas. No conocen al Padre. Acordémonos de hermano del hijo pródigo.

Se lo voy a decir en términos prácticos, tener un padre es tener muchas cosas, es tener un protector, un proveedor, alguien que te ama y esta haciendo todo lo que hace para que tu comienzo sea mucho mas adelante de lo que él mismo empezó, pues es el padre el que atesora para el hijo y no al revés (permítame cuestionar la paternidad espiritual de muchos). Pero el padre también nos es un lugar donde el hijo aprende a creer, se entrega, guarda silencio, queda sin defensas, es vulnerado completamente, muere a lo suyo y se dejar guiar. Se es obediente pero no a la manera de un esclavo, este es obediente por temor, es obediente por interés, nosotros somos obedientes por amor, porque creemos, porque confiamos, porque él es nuestro Padre. Después de esto afirmo mi conclusión, no sabemos ser hijos, hay muy pocos hijos en la iglesia de esta manera, hijos maduros, por eso hay muy pocos herederos. ¿Sabe dónde se constata eso? No en la “relación con Dios” (muchos se jactan de una gran relación con Dios), sino en la relación que tenemos entre nosotros.  Como decimos en campaña: “a la legua se nota…”, como nos falta conocer al Padre, porque cuando nos relacionamos entre nosotros, nos hace falta creer, confiar, entregarnos. Esto se debe sencillamente que no tenemos Padre, andamos como huérfanos, bastardos, peleando un lugar en el mundo, desconfiando de todos, temiendo y haciendo temer a los otros. Esclavos de algunos, buscando someter a otros.

He visto en este tiempo la provisión que Dios hace a través de a circunstancias concretas de nuestra vida para que nosotros seamos vasos adecuados en su economía, es así que ser hijos en términos naturales nos ejercita para ser hijos de Dios. Debo reconocer que muchos de entre nosotros no ha tenido la posibilidad de experimentar una sana relación filial en su vida, y entiendo que el alma de algunos esta mutilada en esa área, incapacitada para  reconocer las características del Espíritu de filiación que Dios nos ha dado y por eso “otra vez”, es decir recurrentemente se vuelven al temor del espíritu de esclavitud. Para algunos ser hijo les es algo extraño, desearían serlo, pero no pueden, algunos ni idea tienen de que no viven como hijos sino como esclavos. Ejemplo (charla con Lucas). Hoy me propongo exponer esa condición anormal y hacer un llamado para que los hijos de Dios, se vuelvan a su Padre.

Pablo en Romanos habla de lo mismo que Jeremías, de ser hijos, de ser guiados y de la herencia. Dice que como hijos de Dios, podemos ser guiados por el Espíritu de Dios, pero lo práctico sería que como hijos de Dios debemos ser guiados por el Espíritu de Dios. El guiar del Espíritu no proviene de algo externo ni depende de ello. Por el contrario, es el producto de la vida interior. Yo diría que proviene del sentir de la vida, de tomar conciencia de la vida divina que está dentro de nosotros. La palabra vida se menciona al menos cinco veces en Romanos 8. Por lo tanto, el guiar del Espíritu está relacionado con la vida, y con el sentir y la capacidad de percibir la vida. La mente puesta en el espíritu es vida (v. 6). ¿Cómo podemos conocer esta vida? No por las circunstancias externas, sino por el sentir interior de esta vida por el hecho de poder percibirla al tomar conciencia de ella. Hay un sentir o sentido interior que se produce al poner nosotros la mente en el espíritu. Si ponemos la mente en el espíritu, inmediatamente seremos fortalecidos y satisfechos en nuestro interior. También el agua de vida nos riega y nos da refrigerio. Por tal sentir y conciencia podemos conocer la vida dentro de nosotros, y por ese sentir de vida podemos saber si nos conducimos de una manera recta. En otras palabras, de esta forma podemos saber si el Espíritu nos está guiando. Por consiguiente, el guiar del Espíritu mencionado en el versículo 14 no depende de nada externo, sino totalmente del sentir de vida que se origina en nuestro espíritu.

Cómo vemos esta no es una cuestión de “mentalidad”, sino de Espíritu[1], tenemos posibilidad de crecer en nuestra condición de hijos y en nuestra experiencia de Dios como nuestro Padre si participamos del Espíritu filial que hemos recibido. Es por este y con este que clamamos: ¡Abba Padre! En Jeremías Dios nos dice me llamarán: “Padre mío”. Pablo nos dice como podemos. No es un ejercicio mental. Es una experiencia viviente porque el Espíritu que hemos recibido nos imparte eso. Es algo que surge espontáneamente cuando tocamos al  Espíritu del Hijo (Gálatas 4:6).  Le pregunto, ¿podría usted decirle papá a alguien que no es su padre? Absolutamente, nos sería imposible, quizás le diremos Señor, pero nunca Padre y menos aún algo tan dulce como: ¡Abba, Padre! ¿Quiere saberse hay un Espíritu filial en usted? Hagamos un ejercicio, clame conmigo: ¡Abba, Padre!

Hoy nuestro espíritu está en la filiación, pero nuestro cuerpo todavía no. Según el espíritu nosotros somos hijos de Dios, pero según nuestro cuerpo físico no estamos todavía en la filiación. La transfiguración, o sea, la redención, de nuestro cuerpo que tendrá lugar en la venida del Señor, será la última etapa de la filiación. En ese tiempo seremos introducidos total y completamente en la filiación. En cada parte de nuestro ser —espíritu, alma y cuerpo— seremos los verdaderos hijos de Dios. Entonces seremos glorificados. Alabado sea el Señor porque hoy estamos en el proceso de la filiación, el de llegar a ser los hijos de Dios.

Dentro de nosotros tenemos al Espíritu de filiación como anticipo. Cuando clamamos: “Abba, Padre”, tenemos un dulce disfrute del Espíritu Santo como un anticipo. Este Espíritu de filiación se halla ahora mismo resucitándonos, santificándonos, transformándonos y conformándonos a la imagen de Cristo.

Y de yapa viene la herencia… Este es mi hijo, yo te engendré hoy, pideme y te daré por herencia las naciones.


[1] Es imposible ser designados hijos de Dios según la carne; es sólo según el Espíritu de santidad que nosotros podemos llegar a ser Sus hijos. Como creyentes de Cristo que somos, tenemos no sólo la carne, la cual recibimos de nuestros padres biológicos, sino también al Espíritu de santidad, quien Dios nos lo dio. Al igual que el Señor Jesús, nosotros también tenemos dos naturalezas, la humana y la divina. En nosotros está el Espíritu de santidad, quien es realmente la maravillosa persona de Cristo. La santidad es la sustancia, la esencia, el elemento la naturaleza misma de Dios. Esta naturaleza santa es completamente diferente de toda otra cosa y está apartada de ellas. El Espíritu de santidad alude a la esencia misma de Dios. Así que, al tener al Espíritu de santidad, tenemos la sustancia misma de Dios dentro de nosotros. Según este Espíritu somos designados hijos de Dios.

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Un comentario a “¡Padre mío!”

  1. LA PREDICA MUY BUENA EXCELENTE GRACIAS

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