Contar una historia no siempre es fácil, cualquier historia puede ser abordada desde diferentes puntos de vista, priorizando la descripción de algunos detalles y subestimando otros. Además contar nuestra historia tiene una particularidad fundamental, estamos hablando de nosotros mismos y por lo tanto se torna más difícil aún. Queremos darnos a conocer a través de este espacio y podríamos ser muy parciales en la descripción de los eventos que hemos vivido. Definitivamente no lo queremos ser, todo camino y el nuestro no ha sido una excepción a ello, es un tránsito por innumerable circunstancias. Hemos caminado ese camino, el del acierto y el error, el de los montes y los valles, el de Dios y el de los hombres, hemos caminado y seguimos caminando. Quizás entonces, a la hora de darnos a conocer, mejor que realizar una cronología de eventos, sea que condensemos en esta breve presentación aquellas cosas que podemos decir: “lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros” (1Juan 1:3).
Este ministerio comenzó por la intención de Dios, decimos esto no por arrogancia, sino, por el sencillo hecho de que los que comenzamos esta carrera, cuando la iniciamos, la iniciamos al impulso del impacto que había causado en nuestra vida un encuentro real con Jesús. Nosotros no sabíamos de ministerio, llamamiento, orden eclesial y tantos otros temas. Solo queríamos compartir a Jesús, aún el pastoreo surgió como algo orgánico. La verdad no sabíamos nada, pero Dios que es bueno se acerco, nos cuidó, nos abrió una brecha tremenda y llegamos a ser una “congregación”, una comunidad cristiana, un ministerio, un recurso de Dios para su cuerpo en esta tierra.
¿Dónde comenzó todo? Seguro en el corazón de Dios, pero también en los pasos que dieron algunos valientes. El apóstol Manuel Ruiz (de Panamá), quién literalmente arrebató a Analia, como un tizón del fuego, en una convención nacional de la Iglesia de Dios de Cleveland, en el año 1998. Seguro también en la osadía de la propia Analia que agarró al Señor tan fuerte como Jacob agarró al ángel de Dios aquella noche en Peniel y no soltó hasta que lo bendijo. Así ella, fue vehemente, valiente, osada, sencilla, clara y desde entonces, desde aquel 11 de abril de 1998 no ha dejado de predicar el evangelio. Nosotros fuimos alcanzados por esa gracia. Comenzamos muchos, la mayoría aquí estamos, otros se han quedado en el camino, hablo de los que empezamos a correr en ese tiempo. Muchos de ellos volverán, hay lugar para ellos, Dios se los ha dado. Vale la pena recordar a otro hombre de Dios, valiosísimo para nosotros, de esos que uno le queda debiendo. El pastor Washington Fagúndez, el fue un gran baluarte para este ministerio, el fue el primero que lo vio y que creyó que era posible a parte de nosotros. El fue un padre y lo seguirá siendo. Además tuvimos otros que nos adoptaron en aquellos primeros pasos, en aquellos primeros años, unos de ellos fueron los pastores James y Lola Brewer (Florida, EE.UU.), a ellos le debemos mucho también. Después de caminar unos cuantos años uno se da cuenta de que hemos sido completado por otros que tuvieron más fe que uno en momentos cruciales, más visión, más valentía, más madurez, más experiencia y sobretodo más amor para darnos todo eso y no cobrarnos ni un solo peso, más amor para abrirnos una puerta que nosotros no sabíamos que existía. Siempre hemos procurado ser agradecidos, pero si queremos darnos a conocer debemos ser cuidadosos en dar a conocer lo que realmente somos y nosotros somos todos los que han sembrado en nuestras vidas, aunque haya sido una pequeña semilla. ¿Dónde comenzó todo? Quizás ni siquiera en ellos o en nosotros, me acuerdo ahora de las oraciones del tío Rómulo y la tía “Quica” (no se ría), ellos oraron por Analía antes que cualquiera de los recién nombrados la conocieran, antes de nadie supiera de ella. O aquella compañera que oraba por mí, cuando éramos compañeros de Escuela, María Giménez, diez años después de conocer al Señor supe que alguien oró por mí, cuando era un niño. Y en todos los otros que oraron por nosotros los que hoy conformamos este ministerio, aún cuando nosotros estábamos alejados, ignorantes de todo. Por eso digo que todo esto nace en el corazón de Dios, como la historia de cualquiera que se mete con Dios, porque el ha visto, conocido y ordenado el panorama desde antes que nosotros o cualquiera llegáramos a la jugada.
A la hora de escribir esta descripción quisiéramos decir que lo mejor que tenemos es a Jesucristo, nuestro Señor, nuestro Dios, pero también nuestro amigo, nuestro pan, nuestra agua, nuestro todo. Por él estamos aquí y en su gracia tenemos lo que tenemos, sea mucho o poco. Solo hemos procurado ser fieles y sensibles, él nos ha cuidado mas todavía, nos ha enseñado, se nos ha revelado, lo conocemos y por eso estamos felices, seguros, confiados. Por eso servimos y queremos darle toda nuestra vida, mas aún de lo que le hemos entregado hasta ahora. Sin él no somos nada, este ministerio no es nada, las palabras que podamos hablar son nada. Esto hemos aprendido y experimentado en estos más de diez años de caminar este camino. ¡Él es lo más importante! Mas que cualquier doctrina, ministerio, don o posición.
¿Qué es Casa de Dios? Es un baluarte de Dios para nuestra nación, un instrumento de edificación, tenemos una única y muy elevada pretensión, edificar la Casa de Dios en nuestra tierra, a eso estamos abocados, esa es nuestra carrera y nuestro sueño. Casa de Dios no es el ministerio personal de ningún hombre sino la comunión de muchos hermanos que tienen ese deseo de edificación. Si bien tenemos un orden ministerial específico, todo para nosotros esta subordinado a la genuina edificación de la Casa de Dios. Esta es nuestra historia y nuestro futuro, hasta aquí, consideramos nos ha traído Dios y con ello estamos comprometidos. Luego tenemos un montón más de experiencias y testimonios que pudiéramos adjuntar, pero preferimos compartir lo que somos, lo que hemos ganado y como vemos las cosas, para tener comunión con todos aquellos que lo consideren, en la base de estos elementos.